I.-D. Nepomuceno Carlos de Cárdenas
era joven cuando la
Revolución Francesa, así que le tocó vivir tiempos
interesantes. Propietario de una buena hacienda en Cuba, con casi doscientos
esclavos, permaneció soltero y seguramente vivió una agradable juventud,
dulcificada por el azúcar y las negritas. Alcanzada la madurez se interesó por
buscar una explicación a los sucesos de Europa y se puso a estudiar los filósofos de moda, en especial al que
denominaba “mi amigo D. Inmanuel Kant”. Y entonces cayó en una importante
contradicción: No podía darle la razón a Kant y poseer esclavos. No le quedaba
otra opción que liberarlos si no quería considerarse a sí mismo un miserable
cretino. Y empezó a discurrir un plan.
Nepomuceno II.- Rechazó la idea de
reunirlos una mañana y decirles “sois libres, adiós”, ya que no sabían lo que
era la libertad ni tenían ni idea del funcionamiento del dinero. Ninguno se
había escapado, aunque la finca o el pequeño poblado no estaban cercados.
Escaparse, ¿para qué? ¿Adonde iba a ir un negro suelto por la isla? Así pues
pensó que lo mejor era dedicar una semana a explicar la importancia y las
bondades de la libertad y el domingo hacer una votación a la que tendrían
derecho todos los vecinos que viviesen en la finca.
Pensado y hecho. Avisó a los capataces que reuniera a todos durante la tarde durante una semana a partir del lunes porque les tenía que hablar.
Pensado y hecho. Avisó a los capataces que reuniera a todos durante la tarde durante una semana a partir del lunes porque les tenía que hablar.
Nepomuceno III.- El lunes llegó, y
Nepomuceno acompañado de su sobrina que había venido a visitarlo desde España
se dirigió a la explanada donde alrededor de una fogata se reunían los esclavos
cada noche. Y empezó a hablarles de conceptos nuevos como dignidad, libertad,
autonomía de la voluntad, derecho a la toma de decisiones, valores y cosas por
el estilo; así, día tras otro, mientras los negros con sus raídas camisas, pantalones polvorientos,
descalzos escuchaban en respetuoso silencio.
Y llegó el domingo. Nepomuceno empezó a organizar la votación. Había dormido con una gran paz interior y, seguro del resultado de la misma, ya pensaría mañana cómo organizar su nueva vida.
Ordenó repartir dos piedrecitas, una blanca y otra negra, el que fuese partidario de la abolición de la esclavitud y, por tanto, de la liberación de los esclavos, depositaría la piedrecita blanca en un cántaro puesto al efecto encima de la mesa; los partidarios de mantener la esclavitud depositarían la piedrecita negra. Terminada la votación el amo procedió a partir el cántaro y proceder al recuento de piedras.
Y llegó el domingo. Nepomuceno empezó a organizar la votación. Había dormido con una gran paz interior y, seguro del resultado de la misma, ya pensaría mañana cómo organizar su nueva vida.
Ordenó repartir dos piedrecitas, una blanca y otra negra, el que fuese partidario de la abolición de la esclavitud y, por tanto, de la liberación de los esclavos, depositaría la piedrecita blanca en un cántaro puesto al efecto encima de la mesa; los partidarios de mantener la esclavitud depositarían la piedrecita negra. Terminada la votación el amo procedió a partir el cántaro y proceder al recuento de piedras.
Nepomuceno IV. Nepomuceno se quedó
traspuesto al ver el montón de piedrecitas. Más que si una mañana al asomarse
al balcón recién levantado viese los campos cubiertos de nieve. Una pequeña
extensión de piedras negras cubría el trozo de mesa acompañadas de una
solitaria piedra blanca, la que él depositó. Al sentimiento de sorpresa le
siguió la consternación y el ridículo, ¡Cómo se reirían de él los hacendados cuando se enteraran! Intentó buscar una
explicación, pero no la encontraba. Había explicado sus citas de Kant, Pascal,
resumido los principios del Contrato Social de Rouseau y había terminado el
sábado con aquella cita de Spinosa, pretendiendo una complicidad con los
presentes (“mientras más hombres libres haya, más libre seré yo”).
Pero era la dura realidad, y la realidad sólo te permite una opción, aceptarla. Otras respuestas sólo eran diferentes formas de locura. Después del almuerzo, ya más tranquilo, pidió su vino de Málaga. La joven sirvienta que le trajo la botella y la fina copa de vidrio, apenas podía contener la risa. No sólo se reirían de él sus compañeros de oficio sino también los esclavos. ¿Por qué habían votado así? Debía haber una explicación. Al saborear el vino dulce se preguntó porqué lo había pedido y no una copa de vinagre, y con un suspiro encontró la causa de lo sucedido aquella mañana.
Pero era la dura realidad, y la realidad sólo te permite una opción, aceptarla. Otras respuestas sólo eran diferentes formas de locura. Después del almuerzo, ya más tranquilo, pidió su vino de Málaga. La joven sirvienta que le trajo la botella y la fina copa de vidrio, apenas podía contener la risa. No sólo se reirían de él sus compañeros de oficio sino también los esclavos. ¿Por qué habían votado así? Debía haber una explicación. Al saborear el vino dulce se preguntó porqué lo había pedido y no una copa de vinagre, y con un suspiro encontró la causa de lo sucedido aquella mañana.
Nepomuceno V.-"Estos han votado
a favor de la esclavitud porque no la conocen", pensaba mientras miraba la
copa de cristal (nota culta: cristal y no vidrio como puse antes; el vidrio lo
descubrieron en Siria 3.000 años antes de Cristo, y el cristal, un tipo de
vidrio absolutamente transparente, una empresa inglesa en 1676. ¡Toma ya
ilustración!). El culto Nepomuceno recordó una lectura sobre un ágape al que un rico romano invitó al Emperador Augusto; un
esclavo rompió accidentalmente una copa de vidrio (que aunque eran caras, no
tanto como unos siglos antes), y el bestia de su dueño como castigo mandó que
lo arrojaran a una pequeña piscina con peces carnívoros que tenía para estas
ocasiones. Indignado el Emperador, ordenó a soldados de su escolta que le
trajesen de las cocinas (en plural, no es una errata) todo lo que estuviera
hecho de vidrio y los rompió delante del anfitrión que miraba con sonrisa de
bobo. ¡Claro! él nunca había castigado a la joven sirvienta, ni siquiera
gritado, ni a nadie del servicio. Por otra parte, ellas no daban motivos, ya
que el servicio en la casa era la ocupación más ambicionada. Los castigos que
ordenaba eran por casos de pereza clamorosa y no eran duros. La realidad era,
discurrió, que al menos la mayoría vivían allí mejor que en África. No pasaban
hambre, no corrían el peligro de que una fiera los devorara o que una serpiente
los mordiera. Tenían que trabajar, sí, pero él no estaba obsesionado por el
máximo beneficio, ni falta que le hacía ya que despreciaba los lujos.
"Estos no saben lo que es la esclavitud. Ahora se van a enterar", y
con ello terminó su reflexión.
Continuará
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